Biografía

Su figura corpulenta, envuelta en el humo de sus eternos cigarrillos Ticos, iba y venía.

 Por momentos, abandonaba su caminar y se sumergía hasta el punto de que las yemas de los dedos le sangraban, para desbordar el torrente de ideas que poco a poco daban cuerpo a la novela de aventuras infantiles más popular de Costa Rica.  La escena corresponde a algún día de 1951, uno antes de que Fallas conocido popularmente como Calufa publicara Marcos Ramírez.  Ya para entonces habría escrito Mamita Yunai y Gentes y Gentecillas y se había convertido en un escritor famoso y seguidor absoluto de la ideología comunista, que habría de seguir y cultivar hasta su muerte en 1966.

 Pese al reconocimiento que tuvo su obra durante su vida adulta, Calufa sufrió en carne propia la más cruda pobreza desde su infancia para luego sucumbir a las afrentas, hambres y enfermedades en las inmensas y sombrías bananeras de la United Fruit Company, donde por años hizo vida de peón, ayudante, albañil, dinamitero  y tractorista entre otros oficios.  Fallas conoció como pocos los vicios, las penurias, la nobleza de los hombres sencillos y analfabetos olvidados del mundo y supo recoger esos sentimientos para transmitirlos tal y como eran.  Conoció todo lo humano y aprendió la lección de la vida, así lo comentó en una ocasión el dirigente del partido comunista don Manuel Mora Valverde.  Un dato imposible de corroborar fue el número de veces que se casó Carlos Luis Fallas.  Algunos hablan de tres; otros, de cuatro matrimonios. 

 “Si, era mujeriego.  Pero es que tenía todo para serlo: inteligente, extrovertido, buen conversador, una gran facilidad de palabra... y la herencia de los Fallas que, como él mismo describe en Marcos Ramírez, tenían fama de enamorados”, recuerda su sobrino Oscar.  Pero Rosibel su hijastra, explica la actitud de Calufa con una frase que muchas veces lo oyó decir.  “Yo he sido hombre de muchas mujeres, pero solo una a la vez”.

 

 Prácticamente desde su nacimiento, casi desde su concepción, Carlos Luis parecía estar destinado a desafiar los convencionalismos para subsistir: su vida fue producto de una relación ilegítima  entre su madre y el director  de la Banda Militar de Alajuela, Roberto Cantillano, lo que generó todo un escándalo en la tradicional familia Fallas, del Llano de Alajuela.

 Sobre el lugar de nacimiento aún persisten algunas dudas; aunque el autor siempre afirmó que había nacido en "El Llano", un barrio popular de Alajuela, otrora famoso por sus fiestas cívicas, existen versiones de que en realidad nació en el Hospital San Juan de Dios.

 Abelina, la madre de Fallas, sufrió mucho por la marginación que entonces sufrían los hijos naturales, tuvo que asumir su problema sola y afrontar los prejuicios de su familia y de la sociedad alajuelense de 1909, año en que vio la luz el futuro escritor.

 Desde muy pequeño, Calufa entendió cuál era su situación dentro de la familia, comprendió las amarguras de su madre y por esa razón su amor hacia ella se tornó en adoración, un sentimiento que habría de perdurar después de la muerte de aquella que sobrevino cuando Carlos Luis Fallas tenía 22 años.

 Según él mismo lo describe en su autobiografía Marcos Ramírez, la pazca relación con su padrastro  “para el cual yo casi no existía” y la frialdad de la capital donde tuvo que vivir debido a la precaria situación económica de su familia contrastaban muchísimo con el sentido que tenía para él, la casona de sus abuelos, el trapiche y la barriada alajuelense.  Por eso, el inquieto chiquillo buscó la forma de que su madre lo enviara a vivir de nuevo al "El Llano", a casa de los abuelos.

 Rastreando las conmovedoras páginas de Marcos Ramírez se completa la imagen de ese niño precoz, rebelde, bien intencionado pero mal comprendido que fue Carlos Luis Fallas.  Apenas era un adolescente de 16 años cuando se trasladó a la zona Atlántica, donde por años vivió un terrible infierno, cuyos sufrimientos quedaron grabados para siempre en Mamita Yunai.  De aquí en adelante, empieza a formarse el militante marxista, enfrentado al mundo de las bananeras inundadas de miseria, sordidez, explotación, escenarios que golpearon fuertemente su sensibilidad.

 Las condiciones en las cuales vivían los trabajadores de la United Fruit Company eran deplorables.  No había servicio médico alguno en la zona y la compañía no autorizaba ningún viaje especial a Limón, por más urgente que fuera el caso, el enfermo debía quedarse sin atención médica.

 Hasta las tabletas de quinina y los simples artículos de botiquín debían adquirirlos los peones  por  su  cuenta.   Las  horribles  viviendas  no parecían  aptas  para seres humanos y carecían de los servicios higiénicos imprescindibles.  Cuando se produjo la gran huelga de 1934, dirigida por Fallas y algunos compañeros finqueros costarricenses, quienes habían aceptado un contrato que los obligaba a vender sus bananos a la empresa extranjera.

 Por otra parte, la compañía estimulaba el enfrentamiento entre negros y blancos.  Fallas intervino con la vehemencia que lo caracterizaba para evitar esta absurda lucha y al final logró que prevaleciera la razón.

 Tomando en cuenta que fue aquella la primera huelga organizada en el ámbito centroamericano, que los huelguistas sumaban aproximadamente diez mil y que había constantes provocaciones y trampas la única forma de explicar el intachable comportamiento de los trabajadores fue la serenidad, abnegación y energía de Fallas y sus compañeros de dirección.

 Pero ese hombre que había dado tan buenas muestras de serenidad y valentía en la dirección de la gran huelga bananera del Atlántico, debía enfrentarse a una empresa que al principio juzgó irrealizable: tenía que “aprender a escribir”. 

 Fallas representa el caso extraordinario de quien sin proponérselo hace obras literarias, su mayor influencia fue su colega Carmen Lyra y él mismo asegura que fue ella quien le enseñó a escribir.

 La mano de la autora se nota en el estilo muy musical en la frase rítmica y en la ligereza clásica de su obra, después de ella, Fallas ha sido uno de los pocos escritores nacionales que ha podido llevar a las letras la autenticidad del lenguaje popular, plural y urbano del costarricense.

 Nunca se cuidó de las modas literarias, ni buscó trucos refinados para impresionar, tenía mucho que contar, mucha experiencia humana que transmitir, y la conversación no bastaba.  Su tempranísima afición por la lectura, fue el asidero ideal para la innata capacidad de comunicación y los dotes de buen conversador propias de Calufa. 

 Mientras permanecía en la casa tenía que estar leyendo, de lo contrario se desesperaba y era capaz de todo por obtener un libro, un almanaque o cualquier cosa con letras.

 Algún tiempo después, muy joven todavía se convirtió en un verdadero ratón de la Biblioteca Nacional, a donde iba todas las noches, siempre era el primero en llegar y el último en marcharse.  Por eso, pese a sus raíces campesinas y a la escasa educación formal que tuvo de joven Calufa se propuso adquirir una sólida cultura por medio de los libros y afirmar su habilidad para escribir.

 Aquel chiquillo pobre, descalzo, desaliñado y rebelde parecía estar destinado a la mediocridad y el anonimato.  En vez de eso, Carlos Luis Fallas aprovechó su extraordinario talento para escribir y como pocos recogió los vicios, las penurias y la nobleza de los campesinos analfabetos y olvidados del mundo, para inmortalizarlos en su obra literaria que, al igual que él, está llena de sencillez y sensibilidad.

 Extracto tomado del reportaje realizado por Yuri Lorena Jiménez, en la Nación del 2 de octubre de 1994, titulado CARLOS LUIS FALLAS LA SUAVE PROSA DE UN HOMBRE RUDO.